Más brisas, menos autopistas, por Nicolás Monteverde

*Escrito por Nicolás Monteverde

Se suele decir que Lima es un desierto. Algunos más optimistas señalan que no, que somos un valle en medio de un desierto. Pero pocos resaltan que somos una ciudad frente al mar. De hecho, es la única capital suramericana frente al mar. Tristemente, pensándolo bien, quizás sería mejor decir que de espaldas al mar.

La playa Carpayo, en el Callao, fue durante años considerada por Ocean Conservancy International la más contaminada de Suramérica. El boom inmobiliario descontrolado había generado toneladas de desechos que fueron arrojados al mar desde varios distritos costeros, principalmente Magdalena y San Miguel.

 

Este triste hecho podría bastar para ejemplificar cómo la ciudad ha crecido desordenadamente en los últimos años sin tomar en cuenta la manera en que afecta al ambiente. Pero no es el único. Podemos hablar también sobre cómo nuestra privilegiada vista al océano es pensada desde la Municipalidad de Lima como poco más que espacio para una vía automovilística de alta velocidad, que privilegia vagamente solo a los que se transportan en automóviles privados.

También podríamos hablar sobre cómo parte de la geografía natural en la playa La Herradura fue dinamitada para hacer una pista en 1982, lo que alteró la marea y la despojó de su arena natural. Y qué decir de las playas chalacas al norte del río Rímac, contaminadas con basura, desmonte, y los ríos Rímac y Chillón.

Lo cierto es que cuando hablamos de sostenibilidad; es decir, de organizar a la sociedad de tal forma que su impacto y consumo de recursos no exceda la capacidad de la Tierra para regenerarse; solemos olvidar de que no solo se trata de cambiar nuestra forma de producir y movernos. Tenemos que empezar a entender cómo nuestro consumo, y nuestros desechos, afectan, desgastan, y alteran al ambiente que nos rodea.

Hablemos de datos fríos: Según estudios de las Naciones Unidas, con el ritmo de consumo y desecho sobre el que la humanidad se dirige, para el 2050 tendremos océanos con más contaminación plástica que biomasa de peces. Es decir, la cantidad de toneladas de plástico será mayor que la cantidad de toneladas de todos los peces en el mar. Ello debido al aumento de desechos en el mundo, a que el plástico está químicamente diseñado para no degradarse naturalmente, y a que las poblaciones de peces también disminuirán por la contaminación en el mar. De hecho, según las Naciones Unidas, el 90% de la contaminación marina es por plásticos. Así mismo, el 99% de las aves marinas habrán ingerido plástico.

 

Otro dato aterrador: Según el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia, el 30% de los peces en el Pacífico Norte han ingerido plástico en algún momento de su ciclo de vida. En esta misma parte del océano, una superficie del tamaño aproximado de Perú y Ecuador (3.5 millones de kilómetros cuadrados) los desechos plásticos se han concentrado hasta el punto de asemejar a una sopa gigante de basura, también llamada la “isla de plástico”, que crece a un ritmo de 80 000 km2 por año.

Bajo este contexto, los ciclistas urbanos deberíamos ponernos la mano en el pecho y reflexionar: ¿Qué es lo que me motiva para salir cada semana, o cada día, a moverme en bicicleta? Hago esta pregunta abierta porque sé que más de uno responderá internamente que lo hace, entre otros motivos, porque aspira a un mundo mejor, un mundo sostenible. Y tan importante como lograr una movilidad urbana sostenible y para toda la ciudadanía, es cuidar aquellos recursos y ambientes para nuestro hoy, y para la humanidad de mañana.

 

Así mismo, pensar en una ciudad para toda la ciudadanía no solo implica calles y parques pensados para las personas, en vez de para los autos. ¡Nuestras playas también son espacios públicos! Y debemos reivindicarlas como tales. En una Lima con carencia de áreas verdes, nuestras playas bien cuidadas y reivindicadas como espacio público pueden servir excelentemente como aquel lugar ideal donde conectarnos un momento con la Tierra, y permitir a las olas acallar el ruido de la ciudad y los motores.

Parte de la responsabilidad de cuidar el mar recae en nuestras manos. Boicotear a las empresas que aún no cambian sus políticas hacia otras menos contaminantes es un primer paso. Dejar el consumo de cañitas o sorbetes, agua embotellada en plástico PET, renunciar a la comida empaquetada en polipropileno (tecnopor) ya los cubiertos desechables, son algunos de los pasos que estamos en la obligación de seguir y difundir como ciudadanos conscientes. Pero no menos importante, debemos exigir un cambio más importante desde el estado en todos sus niveles, pues las acciones individuales no bastarán para acabar con un problema tan grande.

Nuestra exigencia por el derecho a la ciudad no debe estar nunca más de espaldas a nuestras playas. Nuestro mar no es un tacho gigante para la basura doméstica y el desmonte inmobiliario. Y tampoco es un terreno vacío para aumentar carriles al parque automotor. Luchemos hoy por la vida en el océano. Más amor, menos motor. Más brisas, menos autopistas.

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