Las calles son nuestras y, en bicicleta, no tenemos miedo [Escrito por Mariela Meza]

“La máquina de la libertad” llamaban a la bicicleta las mujeres blancas de clases privilegiadas que comenzaban a usarla como medio de transporte en el siglo XIX en los países occidentales. Pedaleando, en claro desafío a argumentos médicos y religiosos patriarcales, pudieron desde dejar los apretados corsés, hasta conquistar derechos civiles como el voto para su propia clase social. Muchas luchas durante y después, hoy, mi cuerpo marrón de ciclista urbana sigue empoderándose con cada caricia de las llantas de mi propia máquina de la libertad al suelo limeño. Este es un testimonio de por qué moverse en bicicleta sigue siendo un arma de emancipación para mí, como mujer chola y una exigencia constante del derecho de todxs a una ciudad sin violencia.

No formo parte de las mujeres obligadas a quedarse en casa. Mis privilegios y libertades son muchas cuando las comparo con la mayoría de peruanas. Mi familia tomó siempre en cuenta mis decisiones, invirtió en mi educación y tuve un ambiente propicio para desarrollar mis capacidades y pasiones. Aún así, cuando hace dieciocho meses llegué a Lima, me golpeó la realidad: seguía siendo una mujer asustada frente a una calle vacía.

“Mi abuela, otra mujer temerosa de salir a la calle tras haber sido atropellada, me decía que a ciertas horas ya todo lo que me pasara era mi culpa. El mensaje era claro: la calle no era mi lugar. El cambio llegó en forma de una bicicleta de segunda mano.”

Al pensar en caminar sola de noche o subir sola a un taxi, mil miedos me asaltaban. Viniendo de una ciudad más pequeña pensé nunca poder ubicarme en el caos de Lima. Los videos virales de agresiones cometidas por vecinxs de ciertos barrios hacia quienes identifican como intrusxs en sus espacios exclusivos me hacían preguntarme si mi choledad estaba pasando desapercibida en esos lugares. El moverme por la ciudad era una conducta de riesgo diaria. Ni que pensar en que alguna de mis actividades sea en la calle misma si de lo que se trataba era de acortar el tiempo fuera. Por otro lado, la supuesta seguridad de un taxi pedido por una aplicación implicaba, además del dinero, contaminación y espacio excesivos para el desplazamiento de una sola persona. Mi abuela, otra mujer temerosa de salir a la calle tras haber sido atropellada, me decía que a ciertas horas ya todo lo que me pasara era mi culpa. El mensaje era claro: la calle no era mi lugar. El cambio llegó en forma de una bicicleta de segunda mano. Sin pensarlo tanto, me propuse movilizarme en ella. No tenía nada que perder, si no el miedo y la incomodidad que definían mi relación con las calles en ese momento.

“En gran parte, puedo elegir la bici porque sigo siendo privilegiada en muchos aspectos. Esto es lo que queremos cambiar. La bicicleta es accesible y podría significar para muchas personas de diferentes grupos esa transformación que yo viví, tanto del amor propio como de la relación con nuestras calles. Se trataría de pensar la movilidad urbana desde la masificación del uso de la bici.”

Viví como un atrevimiento adelantar a los buses atorados en el tráfico en los que días antes había estado yo desesperándome. El sentirme desafiante ante cada distancia recorrida, me fue quitando el miedo. Saber que llegaba a dónde quisiera con la sola fuerza de mis piernas y cuándo yo lo decidía, me dio mucha seguridad. La autonomía y la independencia empezaron a ser lo más importante para mí al momento de movilizarme en vez de la búsqueda obsesiva de seguridad. El pésimo sentido de la orientación y la torpeza, que consideraba características mías, dejaron de definirme ante la evidencia cotidiana de mi pericia en dos ruedas. Moverme en bicicleta transformó mi visión de la ciudad y mis posibilidades en ella. Me permitió notar rincones a los que nunca les presté atención desde las ventanas de un bus en el que mi mayor preocupación era que nadie se pegue detrás de mí y que el conductor no se pase de mi paradero.

Surcando una avenida me sentí más que nunca viviendo las calles, sintiendo sus desniveles, observando a la gente y al mismo tiempo en un espacio íntimo. Transitar por la ciudad se convirtió para mí en una actividad en sí, que podía ser disfrutada y aprovechada. Así hice mías las calles. La calle, lugar hostil y extraño por excelencia, era el hábitat de mi querida máquina de libertad, donde tenía el poder de hacerme bien. ¿Cómo no iba a ser entonces mi lugar, lugar de todas y todos? Y bajo esa premisa ¿Cómo no exigir legítimamente que podamos todas y todos disfrutarla y sentirla tan nuestra como yo la sentía? La bicicleta me transportó entonces a la urgente necesidad de transformar la ciudad colectivamente para que sea, sobre todo, inclusiva y pacífica.

“Transitar por la ciudad se convirtió para mí en una actividad en sí, que podía ser disfrutada y aprovechada. Así hice mías las calles. La calle, lugar hostil y extraño por excelencia, era el hábitat de mi querida máquina de libertad, donde tenía el poder de hacerme bien.”

La bicicleta es un medio de transporte de paz. Es violencia el humo del tubo de escape y el claxon repetitivo que los ciclistas, generadores de nuestra energía, le ahorramos a la comunidad. Es violencia el espacio que ocupa una persona manejando una camioneta mientras 50 van apiñadas en un bus. Soy consciente que es todo un sistema el que denuncio con estos problemas. Sé que puedo movilizarme solamente en bicicleta porque no atravieso todo Lima en mis trayectos y porque no tengo impedimentos físicos. En gran parte, puedo elegir la bici porque sigo siendo privilegiada en muchos aspectos. Esto es lo que queremos cambiar. La bicicleta es accesible y podría significar para muchas personas de diferentes grupos esa transformación que yo viví, tanto del amor propio como de la relación con nuestras calles. Se trataría de pensar la movilidad urbana desde la masificación del uso de la bici. En este sentido, la intermodalidad o poder llevar la bici en el tren y en el bus para cambiar de uno a otro medio, debería ser un objetivo.

Es cierto que hoy una calle vacía es para mí una imagen que evoca libertad, en la que me imagino, primero, montando mi bici. Sin embargo, mis compañeras ciclistas no me dejarán mentir, el día a día en bici es muchas veces peligroso. El acoso callejero lo sufrimos igual. Los peligros a los que nos someten los carros son otro tema. Este es uno de los argumentos por los que muchxs no se atreven a liberarse de sus carcasas metálicas para lanzarse a las pistas en dos ruedas. Quiero pensar en soluciones y en exigir desde la acción y la resistencia. Salgamos a montar donde no hay ciclovías, tomando nuestro espacio y pidiendo respeto porque nos corresponde. A la larga, si somos muchxs, tendrán que hacer la ciclovía. Pedaleemos en grupo para protegernos y visibilizarnos como colectivo. Hablemos con quiénes no nos respetan, educándoles sobre nuestros derechos y sobre los beneficios de la bicicleta. Usemos este privilegio del viento en nuestros cabellos y fuerza en nuestras pantorrillas, como lo que debe ser, un grito del derecho de todxs a la libertad.

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